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CAPÍTULO VI - Disputas entre amantes.

Podemos considerar las disputas entre amantes como una suerte (tipo ?) de delicadeza o de medio de excitación.

Una mujer que quiere mucho a un hombre no sufre que habla delante de ella de una rival, ni que, por inadvertencia, lo (la ?) llama del nombre de otra mujer. Cuando esto llega, resulta de eso una disputa gruesa; la mujer se enfada, grita, desata sus cabellos y los abandona en desorden, se derriba de su cama o de su asiento, lanza lejos de ella sus guirnaldas, sus ornamentos y se revuelve a tierra.

El amante se esfuerza entonces por apaciguarlo por buenas palabras (voces ?) ; lo levanta (rehace ?) y lo repone con precaución sobre su cama u ocupar un escaño (residir ?) ; pero, sin responder nada, todavía se enfada más mucho y lo rechaza; el tirante (cordón de bolsa ?) por los cabellos, le baja la cabeza, luego le da patadas en las piernas, en el pecho y en la espalda; se dirige hacia la puerta de la habitación (cámara ?) como para salir, pero no sale; se para cerca de la puerta y el fondo en lágrimas.

Al cabo de algunos momentos, cuando juzga que su amante hizo por sus palabras (voces ?) y sus actos todo lo que podía para reconciliarse, debe mostrarse satisfecha apretándolo (ciñéndolo ?) en sus brazos y demostrándole su deseo de unírsele para olvidar todo; entonces la reconciliación es perfeccionada.

Cuando la mujer tiene su morada separada y cuando ambos amantes se separaron en disputa, la mujer le significa a su amante que todo es roto entre ellos; entonces éste envía sucesivamente hacia ella, para apaciguarlo: Pitkamarda, Vita y Vidashaka.

Va (Se rinde ?) por fin, vuelve a casa de su amante y pasa la noche con él.

He aquí dos aforismos respecto a las delicadezas que acompañan la unión.

Cuando la conexión es comenzada, la pasión determina sólo todos los actos de ambos amantes.

No obstante el hombre debe estudiarse, para reconocer la manera de proceder quién le da más recursos en la conexión.

Debe también estudiar a la mujer con la cual tiene informes (relaciones ?) seguidos para comportarse con ella con modo que le proporciona más placer.

La mujer misma debe también hacer y su amante las mismas observaciones, con el fin de poder secundar su bono querer en la conexión.

El propio del hombre es la aspereza y la impetuosidad, el de la mujer, la delicadeza, la ternura, la impresionabilidad, la repugnancia para las cosas naturalmente enfadosas.

La excitación y la costumbre pueden producir efectos contrarios a la naturaleza de cada sexo; pero sólo son pasajeros, y ésta vuelve siempre.


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